Ayuntamiento de Orbaizeta-ko Udala

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Leyendas

«El Pirineo Navarro, con sus bosques espesos ululantes, y sus cuevas profundas; con sus altas montañas barridas por las boiras y sus ríos de umbrosos entre peñas tapizadas de musgo, ha dado a la mitología y a la historia, a la leyenda y a la literatura cuatro figuras a cual más misteriosa e interesante: el Basajaun y la Lamia, la Bruja y el Contrabandista»

M. Iribarren, escritor navarro, 1957

La Fábrica de Armas tiene sus pequeñas leyendas. Apartada de los pueblos del Valle, en zona de tránsito hacia otros valles, se crearon historias de todo tipo. Centro de batallas en las guerras, era normal que los espíritus terminaran por anidar sus entrañas, y más cuando se cerró para siempre.

Así, cuentan que hace años en el castillo de Arlekia encontraron oro, monedas romanas, quizás su estructura de grandes piedras, recuerda a la torre de la época romana de Urkulu. En Mendilatz encontraron a un bajonavarro cargando oro de una mina que él solo conocía. Una pista dio. Que desde su entrada se veía el campanario de Orbaizeta. Nadie ha encontrado el lugar exacto. Pero también en Venta Zabala, además de ser un importante centro de reunión para arreglar problemas como los de la fábrica con el Valle o la facería, imitando su vecina fundición, decidieron fabricar moneda falsa.

Pero la que aun debe de pasear por las ruinas es una vieja bruja, que seguro que conoce todas las historias que atesoran estas mudas paredes.

Basandere y Basajaun

«Unos obreros que trabajaban para la arboladura, en 1790, en los bosques de Irati, observaron en varias ocasiones a dos de estos individuos: Le Roy, que dirigía sus trabajos, cuenta este interesante hecho en una de sus memorias científicas. Unos de los salvajes, muchacha de largos cabellos negros, totalmente desnuda, era notable por sus elegantes formas, por sus rasgos regulares y bellos a pesar de la extrema palidez de su rostro; se había acercado a los trabajadores y les miraba aserrar, con un aspecto que testimoniaba más curiosidad que temor; las palabras que se dirigían los obreros suscitaban visiblemente su atención. Envalentonada por el éxito de su primera visita, al día siguiente volvió a la misma hora. Los obreros habían decidido hacerla prisionera, si es que era posible lograrlo sin causarle ningún mal; uno de ellos se acercó a ella arrastrándose, mientras uno de los camaradas hablaba en voz alta, gesticulando con viveza, para cautivar la atención de la jóven salvaje; pero en el momento en que el leñador extendía el brazo para cogerle la pierna, un grito de alarma, salido del vecino bosque, avisó a la hija de la naturaleza de la trampa que se tendía, dió un salto de sorprendente agilidad y huyó hacia el bosque con la rapidez del relámpago; no volvió jamás y se ignora la suerte de la salvaje pareja…»

Augustin Chaho, 1835